Vocaliza, que no te entiendo

Parece ser que cuando uno está grabando las voces de una canción y, de repente, no se le entiende alguna palabra al cantante, la gente se pone nerviosa y dice: “No se le entiende lo que dice, es que no vocaliza bien. Hay que repetir.” Cosa que a mí me parece genial, por lo que repetimos, aunque muchas veces prefiero que no se entienda lo que dicen. Entonces, en ese instante en el que se pronuncian las palabras “Hay que repetir”, echo la vista atrás, no demasiado atrás, un par de horas mas o menos, a cuando estábamos grabando la batería o el bajo o la guitarra (cuando sí me pongo nervioso) y recuerdo esos momentos en el que el batería daba golpes por dar, con los que conseguía volúmenes irregulares, o el guitarra pisaba de una forma no muy correcta las cuerdas… Después de ese viaje, regreso al futuro para comentarles que vocalizar no es una cosa exclusiva del cantante, que si queremos que la voz se entienda, hay que decir las palabras bien, ósea —médula— que hay que vocalizar, pero, que si queremos que se escuche un timbal bien, también habrá que darle bien de nuevo. Vamos, quiero explicar que debemos vocalizar tanto con la batería, como con la guitarra, con el piano o con lo que sea.

Me refiero a que, en un sentido no muy estricto de la palabra, vocalizar es algo que tenemos que hacer con todos los instrumentos si queremos que se entienda lo que tocamos. Tan importante como la voz, que parece la guinda del pastel, son el bajo o la batería, ya que si no vocalizamos todos correctamente, el resultado de la grabación se parecerá a un bar de copas a las 4 de la mañana, todos borrachos.

Muchas veces, cuando uno toca la batería hace cosas por hacer, está tocando y piensa «hombre un timbal ahí, voy a darle», y le da un pequeño toque que no viene a cuento, o le da por meter bombos a mansalva con diferentes intensidades. Al final esa batería no tiene mucho que ver con el instrumento y sí con Mariano Ozores, que por hablar, hablaba; y decir, decía; pero entender, nadie entendía… No ocurre solamente con las baterías sino que es extensible a todos los instrumentos.

En resumen, ¡vocaliza!, que no te entiendo. Tenemos que conocer las limitaciones cuando grabamos algo muy importante, que nos sirva para potenciar lo que sabemos hacer y, así, creo que tendremos mucho ganado: vacas, caballos, terneros, ovejas, cabras…

Advertisements

Cuestión de orgullo

Pocas veces en mis escritos hablaré mal de los músicos. Daros cuenta de que casi siempre los temas que abordo son más o menos  de cuestiones técnicas, desde el punto de vista más o menos infantil, para que todo el mundo más o menos pueda entender lo que quiero decir. Aunque en esta ocasión no vaya —vaya, ¡aquí no hay playa!— a hablar mal de los músicos, lo que sí voy a hacer es a denunciar una práctica que se da, sobre todo, en personas que graban su primer disco, y es algo que comprendo, porque, cuando uno graba por primera vez, quiere, pues eso, grabar; aunque signifique repetir 356 veces. A lo que me estoy refiriendo es a que en ocasiones no comprendo muy bien una actitud que llega a ser nociva para la grabación: El orgullo.

Cuando uno graba un disco debe saber por qué y para qué lo graba. Generalmente no se trata de tener un recuerdo que enseñarle a tus nietos mientras les comentas (por favor para leer esto poned voz de viejo): “Mira lo que hice cuando era joven.” Si entras a grabar en un estudio con esta finalidad, la verdad, no me parece como para sentirse muy orgulloso. En mi caso, por suerte no es algo que me pase, porque odio el edit: “Grabar una pandereta (edit), golpe (edit) por golpe (edit) para que vaya a tiempo (edit). Sí, podrás decir que la has tocado (edit), pero realmente no la has tocado tú, la ha tocado el que edita.

Soy defensor a ultranza de que el grupo defienda sus canciones en el estudio, por lo que no soy partidario de que músicos de sesión sustituyan a los miembros originales mientras se graba. También defiendo que si hay alguien en el grupo que pueda hacer su trabajo de una manera más acertada que otro, aunque no se trate de un instrumento afín al suyo, que lo haga. Por ejemplo, se ha estipulado que el que toca la batería sea además el percusionista y que tenga que grabar la pandereta. ¿Por que? ¡¿Porque es ritmo?! Es como si se tuviera por supuesto que quien toca la guitarra fuera el que tuviera que tocar el violín…

El tema del orgullo debería corresponderse con el orgullo de disco terminado, de disco trabajado y compuesto por el grupo. No lleva a ningún sitio empeñarse en hacer algo por lo que, al final, haya otro que lo pueda hacer mejor, y al decir “mejor” no me estoy refiriendo a técnicamente; sino a que le pueda dar un toque más guay. Muchas veces me ha pasado que el guitarra puede tocar un pasaje en el piano mejor que el pianista, porque precisamente la canción no necesitaba una interpretación tan de pianista.

Dicho todo esto, he de decir que tengo la suerte de trabajar con grupos que en un porcentaje muy, pero que muy alto, no suelen grabar para mérito de ellos mismos, sino para un bien común: la canción. Cuando se da el típico “yo lo hago por mis huevos”, generalmente, tiende a tener los huevos muy pequeños por lo que acaba cansándose. Al fin y al cabo, lo que aquí quiero expresar es una recomendación: no sirve para nada esa especie de orgullo que impide ceder el testigo a otro cuando no está saliendo bien lo que tocas, es posible que ese otro compañero de grupo lo pueda hacer mejor, cosa que no sabrás por culpa del orgullo. Ahora bien, si no hay nadie que lo haga mejor, ya no estamos hablando de orgullo; más bien es un no queda mas remedio, que no es medio re.

No sé si entendéis lo que quiero decir. A veces para un tarao como yo, es difícil expresar lo que pasa por mi celebro.

Cuéntanos Paco: ¿Cómo grabas?

Hoy sí voy a hablar de la manera en la que grabo. Y sí que lo voy a tratar desde un punto de vista personal, más que nada porque hay diferentes versiones de cómo se debe hacer. El delváter es el siguiente: ¿Se procesa el sonido cuando se graba? Y la contestación resulta evidente: ¡Haz lo que te dé la gana! Hay quienes lo tienen claro desde el principio y ya le añaden EQ, compresión y efectos; en cambio, otros prefieren hacerlo después. Que se haya procesado el sonido desde el principio no impide que luego se continúe procesando. En mi caso, que es de lo que se trata (por eso soy el dueño del blog), explicaré, si a alguien le interesa, cómo lo hago yo.

En un primer momento podría decir que estoy en el bando de los que les gusta procesarlos después, ya que a mí me gusta escuchar bien el instrumento e intentar que quede reflejado en la grabación lo que escucho en la sala, es decir, me gusta trabajar con los instrumentos, con los micros y con las posiciones —aunque la mayoría de las veces no tengo tiempo ni para una decente defecación—, siempre voy como con un cometa en el culo de rápido. Escucho la canción y decido qué instrumento elegir, luego busco el micro que creí que mejor podría ir para ese instrumento y esa canción y, por último, con la escucha en el control, intento que el sonido me guste sin ningún tipo de proceso. Que empiece a grabar de esta manera, se debe a lo que siempre comento: Para mí la canción es como una persona, o algo por el estilo, que va creciendo y desarrollándose, aún así, aunque en la mayoría de los casos intuyo más o menos cómo evolucionará, hay determinados cambios que pueden echar por tierra el resultado final de la canción por haberle procesado mucho los sonidos, a fin de cuentas, quedará un resultado que no sea el adecuado para la evolución de esa canción. Me refiero a que si pretendo conseguir un bombo que sea brutalllllllllll, no puedo trabajarlo, oírlo solo, y olvidarme de cómo podría evolucionar la canción cuando lo ecualice, comprima, etc, ya que podría pasar que luego, al grabar dos bajos y un synte, ese bombo ya no nos sirva. Sí que es verdad que a medida que la canción avanza, hay cosas que puedo ir procesando, o arreglos que ya precisen de algún efecto concreto. Si quiero un sonido al que se le note la compresión, como una guitarra acústica sobrecomprimida (por ejemplo), le aplico en el mismo momento la compresión, o si quiero unos coros de estadio de fútbol, puedo aplicarle la reverb.

Con el paso del tiempo me he dado cuenta de que me parece mejor de cara a la mezcla, por lo menos en mi caso —y ya sabéis todos que soy un genio—, tener los sonidos crudos. Me gusta subir los faders and the Maders, y escuchar un sonido natural que tenga que ecualizar lo mínimo posible. Realmente creo que la búsqueda de los sonidos crudos puede deberse al miedo tan grande que tengo  a la EQ, puesto que muchas veces tengo la impresión de que todo me suena mejor cuando estoy haciendo los recordings que cuando realizo la mezcla. Ojo, quizás se trate de una impresión-impresionante, porque a veces comparo la Puremix con la Postmix y suelo encontrar diferencias, y esa impresión procede de que la mezcla para mí es un momento de depuración y de planos, que dicho así parece como muy “pro”, pero es lo que creo que opinamos todos.

Si estoy grabando una batería con una Ludwig, me gusta que suene a Ludwig, por lo que no quiero retorcer la EQ hasta que suene como una DW, porque para eso uso una DW. No debemos perder de vista que ya aplicamos EQ y compresión de una manera natural tanto con la elección de los micros, como con el formato de la grabación. No será lo mismo usar un AKG D12 que un Neumann U47, porque al elegir el micro ya elegimos EQ, y al elegir la posición del micro, ya elegimos EQ: la del AKG o la del Neumann. Cuando grabo guitarras también pasa lo mismo, puesto que si utilizas una guitarra o un ampli específicos, también estarás ecualizando o comprimiendo. Así que ¿para qué voy a usar el EQ de la mesa? Eso ya lo usaré más adelante, en el momento en el que tenga que corregir posibles problemas cuando esté mezclando.

Este es el proceso que sigo, seguro que hay gente que tiene otro método, y, probablemente, sea mejor que yo (que no es difícil)… Pero ellos no tienen este blog…

He dicho.

So